
Duran Duran en el Movistar Arena de Madrid: el ritmo de la vida
El cuarteto regresó a la capital tras más de 20 años de ausencia y el público celebró y disfrutó de un repertorio insuperable, ejecutado con maestría y vigor.
Habían pasado 21 años desde su última visita y la banda parecía tener tantas ganas del reencuentro como su público. Con la legendaria puntualidad británica, Duran Duran aparecieron sobre las tablas y las baquetas de Roger Taylor comenzaron a golpear los tambores sin piedad.
Sonaba «Is There Something I Should Know?«, después de abrir el concierto con «Free to Love«, el primero de una sucesión de éxitos dentro de un setlist al que resulta imposible ponerle un pero. Aunque en la pista, como suele suceder en el Movistar Arena, las canciones tardaron en sonar bien, en las primeras filas de la grada lo hicieron a la perfección desde el primer acorde.
Pero había algo más: una energía especial, una atmósfera festiva, diversión intrascendente y unas canciones que en directo alcanzaron otra dimensión.
Duran Duran: mucho más que una banda de los 80
Hace apenas tres años, el 27 de octubre de 2023, se publicaba su último disco de estudio, Danse Macabre. Quizá un guiño a sus orígenes post-punk, aunque Duran Duran fueron los líderes de su versión más luminosa, la new wave, y encabezaron las listas de éxitos del pop.
El disco contiene un puñado de buenas canciones originales y algunas versiones interesantes de grupos como Siouxsie and the Banshees, sus Satánicas Majestades o Talking Heads. Precisamente, la versión de estos últimos fue la única que sonó aquella noche.
Y es que la banda, una de las más icónicas y representativas de los 80, aquella que tenemos asociada a los pósteres adolescentes —Simon Le Bon y John Taylor eran auténticos sex symbols—, las portadas de la Super Pop y los videoclips de la MTV, está lejos de haberse estancado en aquella época.
Su longeva trayectoria es mucho más interesante de lo que podría parecer.
Aunque nuestro cerebro diga lo contrario, el grupo ha seguido activo durante todos estos años, recuperando a sus miembros originales, cosechando algunos éxitos, publicando discos notables —incluso de marcado carácter experimental— y evolucionando.
Escuchar al grupo con el oído adulto permite redescubrir canciones que soportan el paso del tiempo de forma sorprendente y verlo con otros ojos. Porque, bajo el rímel, las hombreras, los peinados lacados imposibles y esa imagen algo superficial, subyacen unas composiciones e instrumentaciones complejas y unos ritmos endiablados.
Es un grupo de corazón negro con forma de bajo, cuyas cuatro cuerdas producen latidos punzantes. Todas las canciones, las más oscuras, las de pop más ligero y las más bailables, están guiadas por los ritmos de ese instrumento de cuerdas gruesas y mástil infinito.
John Taylor merece, sin duda, un crédito mayor como músico.
Un repertorio que recorre casi cinco décadas
El repertorio elegido repasó toda su trayectoria, desde el álbum Rio, de 1981, hasta «Free to Love«, el sencillo de este mismo año que da nombre a la gira.
Alcanzaron la cima en la primera mitad de los ochenta y de ahí llegaron temas como la apocalíptica «The Wild Boys«, la cinematográfica «A View to a Kill» —el único tema principal de una película de James Bond que alcanzó el número uno— o la mítica «The Reflex«. Todas sonaron orgánicas, vibrantes y renovadas.
La fractura de la banda se tradujo en una larga caída durante la segunda mitad de los ochenta y, cuando parecía estar amortizada, llegó una resurrección por todo lo alto ya en los 90, con un álbum homónimo y dos temas monumentales: «Ordinary World» y «Come Undone«.
Ambas sonaron en la mitad del recital y, aunque arrancaron al segundo intento por una inoportuna rotura de cuerda y después de un tibio mensaje ¿político? de Le Bon, emocionaron a los presentes con una interpretación sentida y sobrecogedora.
La voz de Le Bon quizá ya no alcance los tonos más altos y agudos de su juventud, pero apenas se nota. Se apoya lo justo en unos coros que ya estaban presentes en las grabaciones originales.
Y la nostalgia dio paso al puro divertimento en una segunda mitad del recital más orientada hacia la pista de baile, con sus temas más disco y una acertada selección de versiones que incluyó «White Lines» y «Psycho Killer«, antes del primer amago de despedida.
Antes habían sonado «Notorious«, «Planet Earth» o «Girls on Film«, para que lo único que echáramos de menos fuera, literalmente, tener los años de aquella época. Aunque algunos fuéramos niños o adolescentes.
Dos bises para cerrar una noche memorable
Ofrecieron dos bises. Primero, la sentida «Save a Prayer«, durante la cual el público, todavía con batería en sus móviles después de haber grabado buena parte del concierto, les dio la vuelta para iluminar el cielo del pabellón, a petición de Le Bon. Fue el momento más hortera —estética del grupo al margen— de la noche.
No deslució, sin embargo, la belleza de la canción.
Con los ritmos y bailes de «Rio«, y después de casi dos horas de un concierto que pasó como un ciclón, se despidieron dejando la sensación de haber disfrutado de un espectáculo mayúsculo, de pura diversión, pensado por y para el público.
Es el resultado del trabajo de unos músicos con un talento artístico muy por encima de su éxito comercial, que decidieron regalarnos aquel concierto al que en su día no pudimos asistir.
