Fin del Mundo en la Sala Copérnico2

Fin del Mundo en la Sala Copérnico: la épica de la resistencia

La banda argentina Fin del Mundo regresó a Madrid para presentar un concierto tan condicionado por el agotamiento de la gira como sostenido por su enorme talento. En la Sala Copérnico, las fueguinas demostraron por qué se han convertido en una de las propuestas más emocionantes del post-rock latinoamericano.
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Foto: Josué Manzano

Fin del Mundo en la Sala Copérnico: la épica de la resistencia

La banda argentina se sobrepuso al evidente cansancio para ofrecer un buen concierto en su cuarta visita a la capital

El ser humano, como todas las especies, está diseñado genéticamente para la supervivencia. El cerebro humano tiene como función primordial que el cuerpo siga funcionando. Tiene una misión de origen primigenio que se antepone a cualquier voluntad.

Prioriza unas funciones sobre otras y pone en pausa aquellas que no son imprescindibles cuando las reservas de energía se agotan. Es una de las razones por las que la voluntad, nos digan lo que nos digan las redes sociales, no puede con todo.

El deporte, especialmente el de alta competición, es el ejemplo más gráfico: bien porque el gran objetivo de tu temporada ya se ha conseguido, bien porque la acumulación de esfuerzos en el tiempo exige descanso, muchos deportistas sufren un bajón.

Las piernas y los brazos pesan. Tu capacidad de concentración disminuye. Por mucho empeño que pongamos, el cuerpo pide pausa y tu cerebro la ejecuta por ti. Y el rendimiento sufre un bajón ineludible.

El desgaste invisible de las giras

En el rock, en la música, el show debe continuar y la máquina que genera los ingresos debe seguir girando. Si eso sucede, incluso, con artistas y bandas consolidadas, imaginemos lo que ocurre con aquellos y aquellas que están en los albores de su camino o cuyo público es minoritario.

Eso obliga a que, en muchas ocasiones, las giras se estructuren en conciertos muy seguidos en el tiempo, en lugares no siempre próximos, sin descanso y viajando en condiciones complicadas.

Puede suceder que tengas que cruzar el charco para actuar en 13 conciertos repartidos por 3 países en solo 16 días. Puede suceder que, pasada la primera decena, tengas que tomar un avión o un tren a las 5 de la mañana para llegar y preparar tu siguiente cita.

Y eso es, a grandes rasgos, lo que está sucediendo con este cuarteto proveniente del sur del cono sur: Fin del Mundo.

La banda argentina nos visitó por primera vez en el verano de 2023, con su primer larga duración publicado bajo el brazo, y en este mes de mayo lo han hecho por cuarta vez, sin noticias todavía de su tercer álbum.

Un concierto sostenido por el talento

En la noche del pasado 21 de mayo fue el turno de Fin del Mundo en la Sala Copérnico, menos de un año después de haber tocado en la sala El Sol, y el cansancio sobre el escenario era más que evidente.

Las fueguinas dieron todo lo que tenían y su enorme talento permitió compensar esa falta de energía para ofrecer un buen concierto. Es lo que distingue a los grandes deportistas de los medianos. Y lo mismo sucede con los artistas.

En este corto periodo de tiempo han conseguido soltarse sobre las tablas y se muestran más desinhibidas y comunicativas. Y se mueven por el escenario dejándose llevar, especialmente en ese clímax instrumental, seña de identidad del post-rock y el shoegaze, y marca de la casa.

Ejecutan “Cuando todo termine” y saltan, se mueven y adoptan poses de guitar hero. Es la primera subida de intensidad que el público percibe en un recital que habían comenzado con “Hacia los bosques”.

Al concierto le falta algo de ritmo y adolece de mayor continuidad en los desarrollos instrumentales, pero el sonido es excelente y la audiencia, milagrosamente, escucha en un respetuoso silencio. Es uno de esos conciertos que requiere atención porque en sus canciones cuenta cada nota, cada arreglo.

Ellas ejecutan los acordes con precisión de relojero suizo y la delicadeza con la que deslizan sus púas o pisan el pedal es hipnótica. La batería resuena y amaga con desatar una tormenta. Es, quizá, el único elemento que mantiene el vigor habitual.

Suenan “El día de las flores”, “Desvelo” o “El próximo verano” y nos transportan a esos paisajes reales e imaginarios que dibujan con texturas de acero niquelado. Consiguen transmitir el sentimiento, mostrar su virtuosismo… y dejar entrever una alerta invisible que reclama un cargador.

“La Noche” cierra el setlist principal y apenas un minuto después suenan los bises: “Devenir Paisaje” y “El Incendio”, con las que terminan su actuación. Sus caras muestran tanta satisfacción como alivio. Y todavía les queda otra hora de trabajo por delante. Los fans y el merchandising esperan.

La épica de resistir

Es admirable cómo el cerebro regula el cuerpo para ahorrar esa última gota de energía sin detenerlo y liberarla cuando es realmente necesario. Por eso vemos al extenuado corredor de maratón alcanzar la meta. Por esa misma razón, las Fin del Mundo consiguen completar el repertorio sin fallar una nota y mostrar su maestría.

Ellas descansarán, las luces volverán y pronto las veremos de nuevo por aquí con sus versos de ambrosía.

 

 

 

 

 

 

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