Reseñamos el nuevo disco de Depresión Sonora: Los perros no entienden Internet (…Y yo no entiendo de sentimientos)
— Emil Cioran
La dualidad humana en el arte contemporáneo: un territorio de tensiones
La dualidad humana (esa convivencia de fuerzas opuestas dentro de una misma identidad) ha sido una constante a lo largo de la historia de la cración artística, pero en el arte contemporáneo adquiere nuevas formas y urgencias. En un mundo donde las fronteras entre lo público y lo privado, lo real y lo virtual, lo íntimo y lo político se difuminan, los artistas exploran la fractura interna del sujeto como si fuera un material maleable, casi escultórico.
La insistencia de la escena artística reciente en representar la dualidad humana no es un mero capricho formal: es una respuesta a la multiplicación de identidades en la vida actual. Vivimos divididos entre pantallas y experiencias reales, entre deseos propios y expectativas externas, entre la velocidad del mundo y la lentitud de nuestras emociones.
El nuevo disco de Depresión Sonora, que ya destacamos en los discos esenciales del mes de octubre, incide en la exploración sub y supra cutánea de este concepto universal que atormenta las mentes más lúcidas de las generaciones y que en el caso que nos ocupa se vehiculan a través de treinta y cinco minutos de plena intimidad reflexiva en fórmula de capsulas de alta compresión melódica y armónica.
Intimidad como síntoma y como potencia
La virtud de Depresión Sonora radica, en parte, en su notable capacidad de elaborar melodías lo suficientemente pegadizas, alejándose de la estructura compositiva de una canción clásica (puente/estribillo, de nuevo, una dualidad) cuestión que en este álbum se encuentra menos presente porque alterna grandes y pegadizos estribillos («Domingo químico» o «No te hables mal») con un relato pormenorizado de las cuitas, miserias, alegrías, dolores, sinsabores, esperanzas y desilusiones que transitan en la vida real, aquella que duele, huele y se alimenta de la precariedad, el dolor, el amor, la química, la despedida, en fin, el día a día de alguien que se erige poco a poco en un portavoz generacional de primer orden.
Portavocía cimentada desde sus comienzos en la exhalación de una intimidad que tuvo cobijo en el ámbito digital (refugio creativo de gran parte de su generación) y que potencia hacia nuevos territorios expresivos y sensitivos en este nuevo disco, donde exorciza sus fantasmas mientras ve el tiempo pasar de forma frenética, sin sentido, alejándose de la asepsia cibernética para hundir sus sentimientos en la rutina del desarraigo y el inconformismo.
Como escribió Ortega y Gasset «Lo que llamamos nuestra intimidad no es sino nuestro imaginario mundo, el mundo de nuestras ideas».
Doce canciones sin piedad
El artista de origen vallecano (aunque sus ecos musicales orbitan mayoritariamente por el templo barrial de la dualidad existencial como es Malasaña) proyecta al mundo doce canciones que son doce ideas observantes de la realidad circundante, que arrancan con “La balada de los perros”, una canción que introduce la óptica canina como herramienta ejemplarizante de la observación vital, gracias a la simplicidad y lealtad con la que éstos viven su vicaria vida.
“Sin volverme loco”, “La Ley del Pobre” o “No te hables mal” trazan el camino del relato existencial generacional que desprende todo el disco y que sumerge (gracias también a una producción que incide en el sonido tan característico de Depresión Sonora) al autor en un escenario de vacío y deportación sentimental. Un rosario de emotividad melódica que se traduce en la naturalista “Domingo Químico” que actúa de interludio hacia una segunda parte del disco de mayor pausa existencialista.
Pausa en lo musical que se traduce en melodías huidizas, de espíritu reformista y cautivador, como en la excelente “Cómo será vivir en el campo” que matiza con el pensamiento sobre la mochila emocional del pasado en composiciones como “Desordenarlo Todo” y “Me Va la Vida en Esto”.
Precisamente esta última, junto a “Vacaciones para Siempre” y “Qué pena que nos vayamos a olvidar” forman una tríada resiliente que enaltece un final de compromiso a ciegas, en forma y fondo, con una existencia dubitativa, colérica, maledicente, pero también refulgente y excitante. La vida misma en poco más de media hora.

