
La velocidad de crucero de León Benavente y El mató a un policía motorizado en las Noches del Botánico
Las dos formaciones ofrecieron sendos conciertos notables, cada uno en su registro, en uno de los combos más representativos del indie en castellano de la décima edición del ciclo
La tarde se presentaba, como siempre, cálida, en las Noches del Botánico, aunque el entorno siempre ayuda a rebajar unos grados el sopor del asfalto capitalino, lo que nos lleva a destacar, una vez más, al enclave como el principal cabeza de cartel de la velada.
La propuesta presentada para el pasado jueves unía a un eterno grupo de culto del otro lado del charco –aunque ya no lo sean tanto mantienen ese halo- con uno de los prototípicos grupos de éxito de la última remesa indie-mainstream, pero con bastante más gusto musical que muchos de su camada. El mató a un policía motorizado y León Benavente, lejos en cuanto a estilos, algo más cercanos en sus públicos y definitivamente dos pedazo de bandas –cada uno a su modo- sobre el escenario.
El mató a un policía motorizado en un continuo crescendo, como el mejor motor diésel
Quien haya visto en otras ocasiones en directo a los argentinos sabrá de buena tinta que la banda capitaneada por Santiago Motorizado no es una explosión instantánea desde el primer acorde, ni falta que hace.
Con un arranque discreto, y mientras ecualizaban un sonido que tardó apenas un par de canciones en ajustarse, las melodías hipnóticas de sus cinco miembros, sustentadas en su habitual y potente base rítmica, hicieron acto de presencia en la tarde madrileña, mientras el sol se escondía bajo el humo generado por los horribles incendios producidos alrededor de la región.
“Diamante roto” o “Medalla de oro” de su último trabajo, o café para muy cafeteros con “Navidad en Los Santos” sirvieron para comenzar la subida a un puerto que fue progresando en su desnivel muy poco a poco, aunque con un sonido más que notable a partir del primer tercio, a pesar del aparente cansancio de la banda, que por momentos parecía funcionar con el piloto automático.
Si bien es cierto, que su principal virtud no es el contacto entusiasta con su público, El mató prosiguió constante con su escalada del puerto, alcanzando cotas vibrantes en su camino, sustentados principalmente en su sobresaliente disco La síntesis O´konor y joyas como el “El mundo extraño” o “El tesoro”, otros clásicos como “Chica rutera” o “Yoni B”, o el avituallamiento de la mano de “Amigo piedra”, cuando la maquina estaba ya a estas alturas totalmente engrasada para el ataque final en la cima.
Mientras Santiago Motorizado ofrecía en bucle “una más” al cierre de cada tema, se iban sucediendo maravillosas ofrendas a un público que acabó llenando la pista del Botánico más pronto que tarde, y si la carretera iba retorciéndose y serpenteando, allí estaba la afición para sustentar a los suyos –aunque sean “nuevos eternos” rivales- antes del sprint final de etapa.
“Chica de oro” y “Mi próximo movimiento” –como mandan los cánones- pusieron el broche de oro a una etapa que arrancó suave pero que se tornó en una notable actuación sin mayor ruido que el de una banda con una fórmula que parece perfecta, marca de la casa.
El ritmo explosivo de León Benavente desde el pitido inicial
A diferencia de sus compañeros de escenario, la actuación de León Benavente prendió la mecha desde el inicio de un show que desde hace tiempo se ha convertido en una suerte de liberación para una afición que baila y vitorea cada uno de sus temas, más a ritmo de sintetizadores y bits que nunca.
Acompañados de Martí Perarnau IV como quinto miembro de la banda (y productor de su nuevo disco), los leones sacaron a relucir su reciente repertorio, que si bien es netamente inferior al de sus primeros tres trabajos, parece haber producido un efecto inversamente proporcional entre su –talludito y estereotipado- público. Era imposible visibilizar a menores de 40 mientras sonaban atronadoras “ÚSAME/TÍRAME” o “NADA”, para arrancar de manera arrolladora un concierto que no te daba tiempo a recuperarte del ataque anterior.
Tras el baile discotequero inicial, y con los cuerpos aun exhaustos, comenzaron a sonar, elegantemente la facción más sofisticada y elaborada del grupo, como un medio del campo de infinidad de quilates, visitaron su tercer álbum, Vamos a volvernos locos, con “Amo” o “La piedra que flota”, clásicos como “Ánimo, valiente” o “La Ribera”, para algarabía de sus fieles más longevos y la reflexión algo más profunda de sus textos.
Pero no nos engañemos, como decíamos antes, la simplificación de las letras en sus últimos trabajos y su giro hacia las bases más sintéticas, abrazando con firmeza los ritmos e himnos pegadizos les ha ido fantásticamente bien. No hay más que ver como el personal rugía con la vacuidad de “Baile existencialista”, “Su verso” o “EN EL FESTÍN”, que se fueron alternando con otros grandes cortes como “Ser brigada” o “Tipo D”, en un ritmo de concierto endiablado y envidiable a partes iguales. La calidad de sus últimas grabaciones nada tiene que ver con su interpretación y alcance en directo, cada vez más cerca del golpe de gracia a un rival rendido a sus pies.
Nada que reprochar a un equipo que funcionó como una autentica máquina de golear, con una velocidad de crucero imposible de alcanzar, y con remate final de dos de sus lemas más genuinos, como son “Gloria” y “Ayer salí”, en una representación clara de lo que siempre fueron y serán León Benavente: Sarcasmo y literalidad a partes iguales, elige el bando y admite la derrota.
