Mad Cool 2026: 10 años bien cumplidos

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Fotos: Mad Cool Festival

Mad Cool 2026: 10 años bien cumplidos

Acudimos a una nueva edición del festival madrileño, donde brillaron, por encima de todo, las actuaciones de los grandes nombres del cartel y una organización ya rodada en los últimos años, a pesar de algún desliz endémico 

Bajo ese calor inclemente que, casi todos los años por estas fechas, copa las noticias y nos empapa en sudor arrancó el Mad Cool el pasado miércoles 8 de julio. La intención de rejuvenecer y ampliar su público objetivo es clara y su cartel es un reflejo.  

El gran mérito es saber combinar las nuevas propuestas más pop y juveniles, con aquellas más alternativas que atraen a una audiencia de cierta edad que sigue siendo la que mayoritariamente puebla el césped artificial y, especialmente, los centros de consumo dentro del recinto. 

Y los que allí hemos estado estos días hemos disfrutado de actuaciones de categoría, como el memorable, emotivo y sobrecogedor concierto de Nick Cave en la noche del sábado, una que permanecerá en los anales de la historia musical del festival y de la escena madrileña. Con el corazón aún encogido por el prodigio obrado por el australiano, cuesta valorar lo allí vivido estos días.

 

Una organización muy rodada, con desplazamientos cómodos, sin esperas, pero con un cierto solape sonoro entre escenarios y algún problema de movilidad

Una década traducida en una experiencia más placentera con alguna mácula 

Se han cumplido diez años de la primera edición de Mad Cool y todo ha mejorado mucho. Han potenciado sus puntos fuertes, incluido el más importante: los conciertos. El festival ofrece propuestas difíciles de ver en todo el circuito nacional e, incluso, internacional. Y, aunque la música triunfa por encima de todo —por ese motivo repetimos cada año—, no consigue ocultar ciertos peros organizativos que, en cierta medida, terminan por empañar el recuerdo de la experiencia. 

Con una cantidad importante de sobresalientes actuaciones, y un sonido excelso y atronador en cada escenario, su distribución y la de los stands de algunos patrocinadores produjo una canibalización sonora. 

En algunos puntos, aún ubicados cerca de las tablas, oíamos una remezcla de canciones de varios artistas. Incluso, en el epicentro del espacio Mad Cool recibíamos estímulos sonoros de múltiples focos diferentes produciendo una impresión más cercana a una feria que a un festival de estas características. 

Tampoco podemos dejar de hablar del recurrente problema de la movilidad, en gran parte ajeno a un festival que, como sus asistentes, sufre la incompetencia en la gestión de unas instituciones que ponen por delante sus intereses políticos por delante de los de la ciudadanía. 

Los problemas en la salida, desgraciadamente habituales, fueron visibles, sobre todo, en la primera jornada, con espera de hasta 2 horas para acceder a los transportes públicos. 

No obstante, para ser justos, también debemos destacar el resto de una organización muy rodada durante toda la andadura del festival para disfrute y deleite de los asistentes.  

Apenas hay esperas en barras, baños o recarga de agua; la ampliación de aforo de las dos carpas permite una mayor agilidad en la entrada y salida de estas, y una mejorada visibilidad de los escenarios. Las nuevas pantallas gigantes —independientemente de la realización— trasladan sus imágenes más allá de dónde alcanza la imaginación. 

Los conciertos sobresalientes

No es la primera vez que tenemos dificultades para destacar los principales conciertos a los que caímos rendidos, puesto que muchas de las bandas y artistas ofrecieron un nivel sobresaliente durante el festival. 

Mientras finalizaba el concierto de The Last Dinner Party, muchos pensamos que nos encontrábamos ante uno de los shows del festival, y eso que era el primero que veíamos. Art rock, glam, guitarrazos y el vozarrón impoluto de Abigail Morris nos dejaron ojipláticos desde el primer acorde.  

Algo similar a lo que pasó con The War On Drugs quienes, en apenas una hora de actuación, sacaron a relucir toda su artillería mientras el sol madrileño terminaba de esconderse: repertorio de lujo, entrega y una jam final en “Under the preassure” que quedará para la historia del festival. 

Como colofón a la primera jornada, en un final insospechado dados los últimos antecedentes en forma de grabaciones, un enérgico Moby apareció sobre las tablas y, acompañado de una hipnótica escenografía y bajo los acordes de “Boydrock”, toda una declaración de intenciones, nos hizo bailar durante hora y media casi sin parar.  

Desgranó una retahíla de grandes éxitos remozados, algunos con mayor tino que otros, en una actuación sin tacha en la que no paró de moverse, animar y comunicar con el público, simpático y entregado.

Una edición que ha destacado por lo sobresaliente de las actuaciones y, sobre todas ellas, la de Nick Cave, que será recordada durante mucho tiempo

En ese mismo escenario, 48 horas más tarde, Interpol ofreció el concierto más elegante de la presente edición. Paul Banks estuvo más comunicativo y locuaz, con ese excelente español aprendido en México, lo que ayudó a conectar con una banda que, además de tirar de su repertorio más reconocido aprovechó para presentar avances de su próximo largo. 

Así, temas sublimes como “Untitled”, “No I In Threesome” o “PDA” convivieron con los prometedores “Wings On Fire” y “See It Loud”. Canciones ejecutadas con precisión en las que nos dejamos seducir por una hipnótica oscuridad. La que encontraríamos en el callejón de la salida trasera de una sala de conciertos neoyorquina. 

Tuvimos que esperar hasta la jornada final, en cambio, para ver el que, de largo, se alzó como el mejor concierto de las cuatro jornadas de Mad Cool 2026. Uno que se recordará durante bastante tiempo. El unánime premio no puede ser para otro que no fueran Nick Cave & The Bad Seeds. 

El artista australiano y su portentosa banda nos regalaron un espectáculo sobrecogedor, a la par que frenético y adictivo. Era prácticamente imposible dejar de mirar un escenario en el que la salvaje presencia escénica de Cave –acompañado de su amplia y excelsa formación-, se entrelaza con una suerte de magnetismo. Su actitud –mesiánica en muchos momentos— hacen de su actuación una experiencia a la altura de muy pocas figuras del rock internacional.  

Desde el arrollador inicio de “Get ready for love”, pasando por la estremecedora “Joy”, la catarsis de “The mercy seat” o la belleza suprema de “Into my arms”, escuchada en respetuoso silencio por un público que la termino cantando a capela en el momento más emotivo de todo el festival. 

Muchos más nos apasionaron 

Lo que vino detrás de la inolvidable cita con Cave fue difícil de apreciar. Como también lo era uno de los solapes más dolorosos con que nos podríamos topar en un festival: el esperadísimo regreso de los británicos Pulp y el del ya mítico David Byrne.  

El exlíder de Talking Heads regaló una vez más, una actuación plena de originalidad, enérgica —a pesar de sus 74 años— y coral. Uno más entre una banda obligada a cantar, bailar y tocar a la vez los instrumentos. Todos ellos colgados en el cuerpo con arneses, ya fueran las teclas o las percusiones, y ejecutados en movimientos sincronizados. 

Un ejercicio de funambulismo escénico que, además, no escatimó los grandes éxitos de los Heads, “Psycho Killer” incluido, para que nadie quedara insatisfecho. 

Poco después de su aparición en escena, lo hicieron Pulp sobre las del escenario principal. Ha sido una larga espera ese hiato entre sus dos últimos discos y su última visita a la capital. Aunque su líder, Jarvis Cocker, miraba más atrás en el tiempo y recordaba la primera, en la extinta sala Revolver, en 1995. 

Su actuación los mostró perfectamente cohesionados, con un repertorio que mereció más atención de la que el fútbol —Inglaterra se jugaba el pase a las semifinales del Mundial con Noruega en ese momento—, el eco de Cave, el cansancio o la nomofobia permitían. Las canciones de More, su último largo, no deslucieron al lado de las de aquellos tiempos del britpop. 

Pero, claro, nada comparable a la sacudida de “Disco 2000” y, sobre todo, a ese eterno cierre con el que “Common People” llevó al éxtasis a los miles de asistentes que aún permanecíamos allí. 

Para entonces, todavía conmocionados por el imborrable recuerdo de la actuación del festival, casi no recordábamos la apertura de la jornada a cargo de los incombustibles Black Crowes, los alumnos aventajados de la escuela stoniana. 

Los hermanos Robinson y sus secuaces desgranaron una excelente colección de canciones y una capacidad única para atraer a fans de la banda o, simplemente, a aquellos amantes del buen rock. Una propuesta que quizá pedía algo más nocturno, pero que, a pesar del sol reinante, demostró que el rock ni muere ni envejece. 

Respondiendo a las expectativas. Conciertos correctos y algún aprobado raspado 

Como parte de la extenuante jornada inaugural, no podemos dejar de lado las notables actuaciones del trío norteamericano Dogstar y los australianos Wolf Alice¸ que ya formaran parte del cartel tras la publicación de su álbum seminal. 

A los primeros nos acercamos, más allá de la curiosidad que produce la presencia entre sus filas del célebre Keanu Reeves, quizá la estrella más mundana de Hollywood, atraídos por su último largo This Sphere. Una prueba de que el grupo tiene algo más que una celebridad a las cuerdas de su bajo. 

Reeves hizo gala de su entrega, discreción, humildad y timidez. El concierto de la banda, sin ser deslumbrante, demostró que son una banda competente, con buenas canciones. 

Wolf Alice, por su parte, han ido abandonando parte de la oscuridad de sus inicios y, aunque ahora abrazan canciones algo más cercanas al pop, con melodías más reconocibles, mantienen su esencia punk y ambición experimental. 

Eso les ha permitido incrementar su alcance —el escenario principal estaba lleno— sin perder calidad artística. Y su directo tampoco ha perdido efectividad. 

Los solapes artísticos y lo apretado del horario dificultó la visita a esas propuestas minoritarias que tanto nos han llenado en otras ocasiones

Los amantes del rock más duro, con la ausencia de su guitarra solista —James Iha tiene gira con su otra banda, Smashing Pumpkins—, pudieron disfrutar en la noche del viernes de la contundencia de A Perfect Circle, que desataron una tormenta sonora a prueba de solapes. 

Los trallazos en forma de riffs y percusiones llegaron en algún momento a las costas de la península y hasta el viento se detuvo durante su hora de actuación. 

Tras una jornada popera, en la que pudimos asistir a todas las variantes de la cantante de pop con escenografía y coreografía muy por encima de las canciones y muy dirigidas a un target concreto, llegó Florence + The Machine para ofrecernos una propuesta con los mismos mimbres y mucha más profundidad. 

Como hace un par de años, el viento intentaba arrebatarnos las notas y sabotear la actuación, dificultando que la parte instrumental llegara a nuestros oídos. Sí lo hacía con claridad la excesivamente protagónica voz de Florence, acompañada de una realización que ocultaba a una magnífica banda y una interesante propuesta escénica. 

Desde el punto de vista sonoro, la segunda mitad del concierto demostró que lleva buenos músicos y, por fin, pudimos disfrutar de su épica en condiciones. 

Otro de los conciertos que bien podía formar parte de los más destacados del festival pero que encaja mejor aquí fue el de Lorde. La entrega de Ella Yelich-O’Connor sobre las bases sintéticas de su sonido, combinada con el baile y las melodías pegadizas de su potente –y ya solvente- repertorio, conectaron como un flechazo con la muchedumbre que abarrotaba el escenario principal.  

En el extremo opuesto en cuanto aforo, La Paloma llenaba la carpa correspondiente al escenario 5. La banda madrileña dio muestra de su potente directo de guitarras, aunque castigados durante toda la actuación por el sonido enlatado que parece acompañar a los escenarios cerrados. 

Kings of Leon regresaron a Mad Cool festival tras su cancelación en la edición pasada, y como si no pesaran los años sobre sus espaldas, volvieron a ofrecer un concierto de notable alto. Como ya ocurriera en las dos ocasiones anteriores, los hermanos –y primo- Followill desplegaron su elegante y pujante indie sureño, sembrado hace ya un cuarto de siglo, que parece envejecer igual de bien que sus miembros, enamorando por completo a una audiencia que disfrutó el concierto de inicio a fin, coreando en masa cada uno de sus éxitos.   

Otros que cumplieron las expectativas fueron Pixies, aunque estas eran netamente inferiores a las de otras bandas. Los norteamericanos volvieron a pisar el escenario principal, como ocurriera en 2022, ofreciendo un concierto que recordó mucho al de aquella edición: sonido genuino, inicio vibrante, profundo y largo pinchazo central y pequeña recuperación final. 

”Where is my mind?”, “Debaser” y otros temas son infalibles en un show recurrente, pero la conexión con el público de Black Francis y compañía fue, una vez más, nula.  

Matt Berninger, cercano y entregado a su público como siempre, presentó su proyecto en solitario con más luces que sombras, y algún tema de The National. En un concierto, que, si bien sonó a la perfección, parecía claramente destinado a un escenario mucho más íntimo, por mucho que se empeñara el bueno de Berninger en su habitual baño de masas, paseándose y cantando entre sus fieles. 

Se inicia la espera hasta la próxima edición 

Y así, con el imborrable recuerdo de Nick Cave, esperando que el tiempo lo matice lo suficiente como para poder apreciar próximas actuaciones, nos alejamos del recinto de Villaverde. También con la esperanza de que, a la evidente mejora en el sonido respecto a las últimas ediciones, le siga también la de la movilidad y los mencionados solapes —sonoros y artísticos—. 

En cualquier caso, la efeméride de estos primeros diez años de festival es una buena oportunidad para un merecido reconocimiento a un evento que nos permite acceder a sobresalientes propuestas artísticas de ayer y de hoy. 

Una celebración que no se limita a clonar un cartel que se repite a lo largo y ancho de nuestra geografía. Y no es fácil ser masivo y diferencial. 

 

 

 

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