The Raveonettes en Madrid: canciones que suspenden el tiempo
Tras una prolongada espera de muchos años, la banda danesa levantó su muro de distorsión en la madrileña sala Mon
¡Por fin, The Raveonettes en Madrid!
Gran parte de la ciencia ficción se basa en un concepto no lineal del tiempo. Quizá sea la única forma de aceptar que hemos tenido que esperar catorce años para ver de nuevo a The Raveonettes en Madrid. Es más: su última visita a España se remonta a 2015, dentro de la programación del Low Festival.
El dúo danés retuerce la línea temporal con sus canciones de una forma muy particular, pero son, sin embargo, la antítesis de una narrativa futurista. Sus influencias retro —nada disimuladas— nos transportan a décadas pasadas sin abandonar el tiempo presente.
A lo largo de su carrera han sabido sintetizar las raíces del jangle pop y el garaje sesentero con la redefinición del rock alternativo que tuvo lugar a finales de los 80 y durante los 90. Imaginen a Lou Reed, John Cale y Nico grabando un disco con los hermanos Reid bajo la producción de Phil Spector.
Aquí, el muro de sonido lo forman capas de guitarras distorsionadas que actúan como un filtro que desenfoca una fotografía. Imaginen pasar un trapo sucio sobre un cristal y a través de él contemplar el paisaje más bello.
Nuevo disco y gira
Los dos músicos se presentan sonrientes: él, Sune Rose Wagner (guitarra y voz), con una botella de vino en la mano; ella, Sharin Foo (bajo, guitarra y voz), con un tercio de Mahou. Ambos se muestran sorprendidos por el sold out de la sala y el entusiasmo de un público que los aguardaba con devoción
Los daneses, la quintaesencia del indie, se autoeditan, producen y, por ello, llevan una producción minimalista: el fondo es una sábana que los rodea, un tercer músico a la batería, muchas bases pregrabadas —a ellos se lo perdonamos— y un sencillo pero sugerente juego de luces.
Lo importante es la música y la atmósfera que generan desde las primeras notas. Apenas tardan unos segundos en atacar los arpegios de “Blackest”, de su reciente PE’AHÍ II, su primera grabación original en 8 años y cuya presentación es la razón de la actual gira.
A partir de ahí, encadenan un corto bloque centrado en su último lanzamiento hasta que, a la cuarta canción, aparece “That Great Love Sound”, de Chain Gang of Love, su primer largo, publicado en el verano 2003, y que los dio a conocer gracias, entre otras razones, a su presencia en la selección musical del FIFA 2004.
Música de película
Sus temas son de trago corto, casi siempre entre los 2 y los 4 minutos. Son planos fugaces de un fotograma subliminal que nos hipnotiza. Lo prueban cuando desgranan algunos cortes de Pretty in Black (2005), su disco más cinematográfico en un catálogo musical que remeda una colección de bandas sonoras de cine noir.
Suenan “Sleepwalking” y “Love in a Trashcan”, y nos dejamos llevar por esas melodías cargadas de nostalgia que adornan con unas armonías vocales de precisión milimétrica y los hipnóticos solos de Wagner.
Sus canciones son, en realidad, las escenas de una película compuesta por imágenes y detalles tan fugaces como bellos, que se fijan en nuestras retinas. Y, como en un cine, el silencio del público durante las canciones es tan reverencial como insólito hoy en día. Muy de agradecer.
El repertorio repasa la práctica totalidad de su discografía y no puede faltar ese EP seminal sobre el que han edificado su trayectoria: Whip It On (2002), del que suenan hasta 3 cortes entre los que no podía faltar el tarantiano “Attack of the Ghost Riders”.
Todavía habría tiempo para algunos temas más antes de invocar The Raveonettes Sing…, ese homenaje publicado el pasado año que versiona grandes canciones atemporales y rinde tributo a los artistas que los han inspirado.
De él escogen la paradigmática “Venus in Furs” y el espíritu de la Velvet Underground nos envuelve y nos mantiene calientes durante los minutos en la banda se ausenta del escenario antes del bis.
Foo y Wagner desprenden un halo misterioso, en ocasiones inquietante. “The Christmas Song” resulta inequívocamente sexy cantada a dos voces sobre el mismo micro, apenas separados por unos centímetros.
Con “Last Dance” y “Recharge and Revolt” juegan con la alegría y la melancolía.: aptas para el baile y la ensoñación nostálgica y evocadora dentro de esa una nube en la que estamos suspendidos hasta que exhala el último acorde de su versión de “I Wanna Be Adored”. Con ella se despiden tras una hora y cuarenta y cinco minutos de metraje.
Entonces, las luces se encienden, un chasquido de dedos, y nuestras mentes regresan al efímero presente justo a tiempo para verlos salir de la escena. Ojalá no tarden en regresar en esta ocasión. Aunque, cuando lo hayan hecho, nunca sabremos si la espera habrá sido larga o corta: hace mucho que ellos detuvieron el tiempo.

