Nation of Language en Madrid: el discreto encanto del buen pop
El trío de Brooklyn ofreció una actuación dinámica y muy animada en La Riviera, que estuvo cerca de completar aforo
Algunas bandas se cuelan en nuestro repertorio sin hacer ruido, de forma discreta y conforman un material fundamental para elaborar el tejido musical que nos envuelve. Como ese personaje secundario sin el cual no podrías imaginar una película.
En ocasiones, el secreto del éxito está en la elegancia inadvertida de las cosas sencillas. Y, si hablamos de música, en el discreto encanto del buen pop, que es la especialidad del trío protagonista de la crónica de hoy: Nation of Language.
Los de Brooklyn, que iniciaron su trayectoria poco antes de la pandemia, lanzaron Introduction, Presence, su primer álbum, en el infausto 2020 pese a lo cual obtuvieron un rápido reconocimiento y cierta notoriedad.
Su propuesta es sencilla: canciones con una estructura simple de bajo —Alex MacKay—, capas de sintetizadores —Aidan Noeli— y la melancólica voz de Ian Devaney que también se encarga de las ocasionales guitarras. Son los tres elementos detrás de unas canciones que exudan nostalgia, vertebradas por melodías magnéticas que te atrapan.
Un reparto equilibrado de toda su discografía
A finales de verano publicaron su cuarto largo, Dance Called Memory, que mantiene su synth-pop de corte ochentero, pero en una línea más reposada, cercana al ambient. Su presentación es la razón de la actual gira, pero su peso en el setlist no es mayor que sus compañeros de discografía.
De hecho, sus 17 canciones se reparten salomónicamente, con una canción más para esa obra seminal y, a juzgar por el resultado, es todo un acierto. En directo el grupo se transforma en algo más electrónico, movido y bailable.
Devaney no es Samuel T. Herring, pero fluye con la música, se mueve por el escenario e interpreta los temas con pasión. Se entrega y acaba sudando, literalmente, la camisa. Aún así, es una banda de teclados, y son los ritmos y atmósferas los que construyen su verdadero alcance.
No estaba llena La Riviera, lo que permitía disfrutar del concierto con una comodidad tan solo interrumpida por las inopinadas turbinas de aire gélido que mantienen de forma perenne en invierno y en verano en la sala.
Tras el calentamiento con “A New Goodbye” alcanzaron la velocidad crucero con “Sole obsession” —A Strange Disciple, 2023— con esos ecos de New Order, una de sus influencias más claras, junto a Depeche Mode y OMD. Inevitable pensar en ellos en muchos momentos de la actuación como al sonar “This Fractured Mind” o “Wounds of Love”.
Hubo que esperar hasta el cuarto tema para que el grupo prestara atención a su obra más reciente. Integrado dentro en el setlist, intuimos que “I’m Not Ready for the Change” encajaría a la perfección en sus primeros trabajos y quizá resume mejor que ninguno lo que la banda transmite: acordes como ecos de un pasado que nos resistimos a dejar atrás.
Son las sombras del ayer en forma de canciones que evocan un tiempo anterior idealizado. El trío apuesta por mostrar la fragilidad y vulnerabilidad y en ese ejercicio honesto conectan con nosotros.

Un concierto impecable
Apenas ha pasado una hora de concierto cuando abandonan el escenario por primera vez tras “In your head”. Regresaron todavía en dos ocasiones para los bises; una primera terna con la celebrada “On Division St”, “Weak in Your Light” y un teórico extra, “The Wall & I”.
El segundo retorno, para cerrar definitivamente con “Automobile”, pareció una sorpresa real, aunque lo cierto es que fue una réplica de lo vivido la noche anterior en la mítica Razzmatazz de Barcelona, lugar en el que, incluso, interpretaron una más.
Un concierto impecable en sonido y ejecución con la sola mácula de la duración, una costumbre demasiado extendida en muchas bandas actuales. Con cuatro álbumes a sus espaldas y un recinto para más de 2.000 personas, cabría esperar algo más de recorrido. De cualquier forma, la respuesta del público fue de celebración y aplauso.
Pero lo verdaderamente importante es lo que suena y lo que llegó a nuestros oídos detuvo el reloj y nos permitió disfrutar de la belleza de la sencillez. Como bien nos recordaba la magnífica película Perfect Days, la felicidad puede residir en esas pequeñas cosas que tenemos a nuestro alcance y nos acompañan de forma tan discreta como esencial. Quizá allí resida el discreto encanto del pop.
Fotos: Josué Manzano

