Visor Fest 2025: la imprescindible experiencia de revivir una época dorada
Los componentes de Then Jerico ya estaban sobre las tablas cuando llegábamos al recinto del Visor Fest 2025, pero la agilidad en el acceso —recoger la pulsera y entrar con celeridad, a escasos metros del escenario— se convirtió en un lujo más a sumar a un cartel que apunta con precisión a su público objetivo.
Desde este punto de vista, la propuesta no puede ser más seductora: artistas relevantes de los 80 y 90, algunos prominentes y otros de culto; todos reunidos en un único escenario, con actuaciones de hora y media y sin solapamientos. Un placer.
Precisamente los británicos, que apenas se dejan ver fuera de su tierra, representaban la quintaesencia de la oferta del festival. Aparecieron con aires renovados, aspecto y actitud más cercanos al punk que a la new wave y un sonido acorde y actualizado. Al son de “Big Wave” nos dejamos atrapar por las notas de la nostalgia.
Los asistentes comenzaban a llenar un recinto en el que uno se movía de forma cómoda y rápida, pudiendo elegir desde dónde ver los conciertos sin agobios, sin empujones, sin zonas VIP ni postureros ocupando las primeras filas.
La música en el centro
Es el Visor Fest uno de esos escasos festivales o ciclos de música moderna que pone en primer plano los conciertos y su disfrute como objetivo principal. Es triste destacar algo que debiera ser obvio, pero es la realidad de una época en la que los eventos musicales funcionan como escaparates sociales y no como experiencias culturales.
Tras unos comienzos trastabillados —a su arranque en Benidorm, en 2018 le sucedieron tres cancelaciones consecutivas por una DANA y la infausta pandemia— ha tomado impulso con tres ediciones en Murcia y este renacimiento en Valencia, a la orilla del mar.
La ubicación del recinto de La Marina, a escasos metros de puerto y playa valencianos, es privilegiada. Resultaría perfecta de no encontrarse encajonado entre discotecas aledañas cuya música nos atacaba de forma inmisericorde entre actuación y actuación e, incluso, en algún momento, entre canción y canción.
En Madrid, con el bajo volumen que generalmente ofrecen los recitales al aire libre, hubiera resultado un torpedo en la línea de flotación. Afortunadamente, Valencia es otra historia y los PAs ofrecían un sonido alto y claro; los escasísimos problemas técnicos fueron resueltos a la velocidad del rayo.
Las dichosas pulseras de pago
Uno de los puntos de mejora para el festival es el sistema de pago: como novedad frente a ediciones anteriores, la pesadilla de las pulseras contactless. Aunque la recarga era rápida, solo se permitía hacerlo con múltiplos de 10 €, complicando evitar el saldo sobrante.
Puede que alguien lo viera necesario dados los astronómicos precios de bebida y comida, pero eso ya es bastante doloroso para el bolsillo como para, además, añadir esa limitación. Quizá pensaron que esos euros residuales se podrían destinar al agua embotellada, dado que no había una sola fuente en el recinto, pese a la normativa vigente.
Actuaciones para el recuerdo y para el olvido
Centrándonos de nuevo en lo importante, la jornada del viernes continuó con la grata sorpresa que resultó, para algunos de nosotros, el trío bostoniano Buffalo Tom y su indie rock potente y genuinamente americano. Una actuación sólida y entretenida que dejó el camino expedito para ASH.

Los norirlandeses descargaron su power pop, tan cercano por momentos al hardcore —la guitarra de flecha de Tim Wheeler ya apuntaba maneras— que casi costaba reconocer un hit del calibre de “Girl from Mars”. Poco importó ante tamaño chute de energía.
El cierre de la noche correspondió a los Happy Mondays con una actuación estrafalaria, casi rozando el esperpento. Su intro con “Kinky Afro” merecía tarjeta roja. Bez ejercía de frontman y animador con sus maracas mientras Shaun Ryder leía las letras desde su segunda fila y hacía chistes con su acento imposible. Pero el buen rollo que destilan canciones como “Hallelujah” y “24 Hour Party People” salva casi cualquier noche.
La jornada sabatina arrancó con Chucho, única banda nacional del cartel y, por cierto, la única en pronunciarse sobre el genocidio de Gaza. Por algo “Piedras de Palestina” abre su última entrega discográfica. Rock y pop sin fisuras en una actuación que convenció más allá de sus fieles.
Han pasado ya 30 años desde la publicación de ON y los británicos Echobelly, que no se habían acercado a España en casi todo ese tiempo, regresaron para ofrecer un gran concierto. Una sorpresa muy por encima de las expectativas.
Es un grupo que apenas se ha acercado al estudio o a los escenarios desde su época dorada. No tienen aire de viejos rockeros ni derrochan carisma. Pero las melodías vocales y unos acordes y riffs más complejos de lo que parecen conformaron un recital envolvente y convincente.

Todo lo contrario que Evan Dando al frente de sus The Lemonheads. Tamaña sucesión de gallos expulsados por la boca de Dando, bostezos mientras hacía el ridículo con su guitarra acústica y el bochorno producido al verle aporrear el teclado —en el sentido más literal de la palabra— sin intención artística alguna es casi tan duro de contar como de vivir.
No hubo concierto sino una enorme falta de respeto al público presente e, incluso, al festival que le había contratado, a pesar de que las redes sociales del Visor Fest hicieran pensar lo contrario.
Pero todo quedó olvidado gracias a Peter Hook (and The Light). El ex Joy Division y New Order ya no toca el bajo —lo hace su hijo— pero dignificó el legado de sus canciones con una actuación descomunal. Sonaron con fuerza y emoción “Disorder”, “Shadowplay”, “Blue Monday”, “Bizarre Love Triangle” y, por supuesto, “Love Will Tear Us Apart”.
Algunas piezas transformadas y otras un reflejo de nuestra memoria, pero todas fieles a una época que muchos no nos cansamos de recordar y que, gracias a un festival único como el Visor Fest, podemos revivir.
Porque no se puede volver atrás en el tiempo ni recuperar la juventud perdida, pero sí se puede mantener viva la llama de toda una generación. Los clásicos nos hacen sentir atemporales.
Fotos: Gonzalo Munilla

