Reseñamos el nuevo álbum de Rosalía: Lux

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Reseñamos el nuevo álbum de Rosalía: Lux

“La atención es la forma más rara y pura de generosidad.”
— Simone Weil

 

Una semana después de la implosión global a la que Rosalía sometió al mundo tras la publicación de su cuarto álbum, Luxencaro con igual o mayor fruición hacia el disco la elaboración de esta reseña. Eso sí, en este tiempo he logrado una mejor digestión del mismo, tras haber amainado, ligeramente, el huracán mediático del que todos hemos formado parte y que durante siete días han conmocionado a todo el planeta.

Rosalía. Fuera de convencionalismos en forma y fondo

Una conmoción sustentada en una obra musical de gigantescas proporciones. Un disco que roza la genialidad partiendo desde una base inconformista que se traduce en quince canciones (dieciocho en su edición en vinilo) que, tal como ha expresado la propia Rosalía deben de ser escuchadas como una obra total. Concebidas para su escucha de principio a fin, demostrando, una vez más como Rosalía vuela los cimientos de la actual industria musical pariendo un disco conceptual, ajeno a la tiranía de la playlist y del random. Fuera de convenciones en su presentación (un single a pocas días de su lanzamiento), en su forma y en su fondo. Rosalía en estado puro.

Lux es un disco que fuerza y exige a su audiencia global. Una audiencia acostumbrada a la glotonería consumista de tonadas y que se ve aquí sometida una obra de prístina vanguardia (muy deudora de otra visionaria como es Björk), ensillada a través de orquestas sinfónicas, coros, orfeones, pulsos electrónicos de vibrante contundencia, que hacen un conjunto musical alambicado, hipnótico, cautivador y exigente. Quince canciones que requieren de lo expresado por Simone Weil: «La atención, tomada en su grado más alto, es la misma cosa que la oración. Es la luz que ilumina el alma».

Un camino espiritual hacia el éxtasis de apenas cuarenta y nueve minutos

Un alma que se exhala en cada verso de cada canción. Un camino espiritual que trasunta entre lo divino y lo humano a lomos de una voz de sedoso registro, que repiquetea en el corazón y la cabeza del oyente, quien parte de la complejidad inicial hacia la rendición absoluta. Un camino de elevación hacia el éxtasis en poco más de cuarenta y nueve minutos. Una oda de luz, compasión, bondad, tan esperanzadora como elegíaca, que absorbe la cotidianeidad en un halo de misticismo posmoderno. Un poema épico al estilo homérico que abraza lo mundano, lo espiritual y el más allá, porque, como escribió Santa Teresa de Jesús: “No hay mejor crisol para probarnos que la adversidad”.

Una soberbia colección de canciones, envuelta de delicada sonoridad y el rupturismo de raíces 

El crisol de canciones que Rosalía arroja con poética contundencia se abre camino con la llaneza de “Sexo, Violencia y Llantas” puerta de entrada hacia un paraíso de composiciones que se encadenan con inusitada brillantez en tonadas plurilingües de envolvente precisión sónica y espiritual como son “Reliquia”, “Divinize”, “Porcelana”, “Mio Cristo Piange Diamanti”, “Berghain” hasta llegar al vals de ajuste de cuentas que se traduce en “La Perla”.

A partir de aquí, Rosalía encara con cautivador rupturismo de raíces, tres temas de convulsión espontánea como son “Mundo Nuevo” (fascinante opereta), “De Madrugá” y la pulsión de tropicalia jazzística en la que se convierte “Dios es un Stalker”. Tras ellas, lo que en las primeras escuchas se convertía en el tramo más monótono, la  audición paciente, nos lleva hacia un final que, si bien no es tan brillante como las diez canciones anteriores, tiene momentos cumbre como “Sauvignon Blanco la inconmensurable “Magnolias” donde en un giro final, y al igual que José de Espronceda relató en El estudiante de Salamanca hace 185 años, Rosalía asiste a su propio funeral y como escribió el autor en la citada obra: “La vida es la vida: cuando ella se acaba, acaba con ella también el placer. ¿De inciertos pesares por qué hacerla esclava? Para mí no hay nunca mañana ni ayer. Si mañana muero, que sea en mal hora o en buena, cual dicen, ¿qué me importa a mí? Goce yo el presente, disfrute yo ahora, y el diablo me lleve si quiere al morir”.

A gozar el presente de la mano de Rosalía y su eterna Lux.

 

 

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