Mad Cool 2025

Mad Cool 2025: Lo que el sonido no consiguió deslucir, un año más

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Foto: Mad Cool Festival

Mad Cool 2025: Lo que el sonido no consiguió deslucir, un año más

La de 2024 había sido, por fin, la primera edición del Mad Cool libre de polémicas y con los sempiternos problemas de organización solventados para alivio y gozo de los asistentes.

Tan solo un pequeño inconveniente, al que quizá no dimos la suficiente importancia, asomó la cabeza por el recinto de Villaverde: el viento no agitaba la cebada, pero sí los decibelios, que por momentos robaba y devolvía a su antojo.

Un año después, con el recuerdo de los buenos momentos musicales —sobre todo a cargo de los segundos espadas—, acudimos a nuestra cita anual pese a un cartel que carecía del atractivo de ediciones anteriores.

Concluida la edición 2025, podemos afirmar que lo bueno que ha conseguido Mad Cool en el aspecto logístico se ha mantenido afinado: rapidez en los accesos y salidas, sin colas en las barras, buena visibilidad y comodidad para acceder a los conciertos, pese a algunas filas inopinadas en las carpas.

La experiencia sería aún mejor si los tradicionales “birra man” / “cerveza woman” hicieran su trabajo sin avasallar y si alguna mente lúcida hubiera frenado la idea de llevar cerveza al corazón de los conciertos en un carro con barriles. Un incordio innecesario.

Pero todo —lo bueno y las pequeñas molestias— carece de importancia si la música no suena, o no lo hace como debe. Y eso fue lo que sucedió en esta edición: un sonido demasiado bajo en la mayoría de los conciertos; notas mecidas por Eolo, que encendía y apagaba los decibelios como si de una hoguera se tratase.

Lo peor llegó la noche del jueves, cuando el apagón de sonido saboteó la actuación de Gracie Abrams en el Escenario 1 y, un rato después, retrasó —y recortó— la de Iggy Pop. Estos son, en todo caso, incidentes muy molestos pero puntuales. Peor fue ver a numerosos artistas dejándose la piel ante un público que no podía escucharlos en condiciones.

Del festival madrileño podemos aceptar la deriva mainstream y su apuesta por priorizar al público más exhibicionista de las redes sociales por encima del melómano. Pero no parece de recibo que lo que otrora era marca y orgullo de la casa —el sonido exquisito— haya mutado en algo parecido a la radio del vecino.

Esperemos que tomen nota y el año que viene podamos volver a escuchar en condiciones a todos esos artistas que, con mayor o menor protagonismo en el cartel, nos regalan veladas que paladeamos con gusto y, por encima de nuestras quejas, nos hacen regresar.

Los triunfadores del largo fin de semana

Centrándonos en la música, debemos hablar de quienes salieron por la puerta grande, empezando por la que lo tuvo más fácil en la noche del sábado: Olivia Rodrigo, a la que la organización dejó el balón botando en la línea de gol. Escenario principal sin ningún otro concierto que solapara —privilegio exclusivo— y, milagro, sonido perfecto y al volumen necesario.

Todo lo contrario que el jueves, que fue finalmente la noche de Muse. A los británicos no les hizo falta ofrecer el bolo de sus vidas, sino un concierto efectivo ante la mayor audiencia de la jornada, sobreponiéndose con gran mérito a los vaivenes del viento y del sonido.

La espectacular escenografía, marca de la casa, sin los efectos grandilocuentes de otras ocasiones, permitió un mayor protagonismo de canciones como “Hysteria”, “Madness” y las celebradas “Plug In Baby”, “Starlight” o “Knights of Cydonia”.

El viernes, en cambio, debemos otorgar ex aequo este premio virtual a Alanis Morissette y Nine Inch Nails, que ofrecieron actuaciones tan contundentes como seductoras.

La canadiense, con una infinita sonrisa por delante y un torrente de voz por bandera, dio lo que la audiencia esperaba: un setlist centrado en el celebérrimo Jagged Little Pill, que celebra su 30º aniversario.

Es justo reconocer, no obstante, que esas canciones conformaron un gran recital más allá de la nostalgia e incluso de la emoción que producen este tipo de conmemoraciones en quienes machacaron el disco en su momento —recuerden que hubo una época en que la música se disfrutaba así— y ahora rara vez se desplazan a un concierto.

La entrega de la cantante, relegada de forma inopinada al segundo escenario pero arropada por un público que hubiera llenado tranquilamente el principal, y el apoyo de una banda más que solvente, hicieron brillar piezas del calibre de “You Oughta Know”, “Hand in My Pocket” y, por supuesto, “Ironic”.

Foto: Javier Bragado para Mad Cool

Por su parte, la banda de Trent Reznor saltó al escenario principal con aviesas intenciones y proyectó un golpe sonoro de esos que dejan a la audiencia noqueada. Apoyados por una escenografía brillante —las verdaderas estrellas eran las imágenes de las pantallas verticales—, el juego visual resultó hipnótico.

Las imágenes en directo de la propia banda, grabadas por un talentoso y valiente cámara con steady, nos dejaron obnubilados. Las tonadas, además, sonaban tan sucias como orgánicas en una interpretación sentida y llena de rabia. Una actuación, en suma, que, de haberse celebrado frente a un auditorio completo, hubiera generado una repercusión mayor.

Las delicatessen de un amplio menú degustación

Entre tanto ampuloso y popular cabeza de cartel, en Mad Cool siempre hay sitio para una tremenda segunda línea que hace las delicias del público más pulcro y educado en estas lides del gusto musical.

Con la discreción que proporcionan las carpas y al resguardo de las altas temperaturas exteriores, apareció Geordie Greep, líder de black midi, para defender su trabajo en solitario: una amalgama de sonidos experimentales que van desde el jazz hasta el rock progresivo. Un delirio musical para quienes buscan propuestas diferentes y de calidad.

Puretas y no tan puretas pudimos disfrutar de actuaciones como la de Iggy Pop en la primera jornada, lastrada por el apagón que acortó su concierto más de 20 minutos, pero que nos regaló un show que fue de menos a más.

Con una entrega y dedicación que dignifican la profesión de estrella del rock, una bandaza sonando a su servicio e himnos imperecederos tanto de su carrera en solitario como de los Stooges, volvimos —quién sabe si por última vez— a disfrutar el ritual de La Iguana.

Algo similar ocurrió el sábado con Jet, la banda australiana con una trayectoria a caballo entre el culto y la rareza, que volvió a ofrecer un concierto sobresaliente en el Mad Cool: rock, garaje y muchas guitarras para empaparnos de nostalgia revival dosmilera en el escenario principal y en horario nocturno. Un lujo.

Como lujo también fue, esta vez noventero, el de los incombustibles e inalterables Weezer: aroma californiano, punk, pop y melodías que seducen a cualquier amante de este arte, con un Rivers Cuomo capitaneando por todo lo alto el cierre de la primera jornada. Una actuación con sello de la casa madrileña.

Foto: Javier Bragado para Mad Cool

Future Islands volvieron a brillar bajo el solazo madrileño, en otro de esos conciertos gourmet solapados con tapas de toda la vida disfrazadas de estrella Michelin en el escenario principal. La presencia escénica de Samuel T. Herring no tiene fin, ni quiere tenerlo, metiéndose en el bolsillo por enésima vez a cualquier fan de la banda, pero también a las almas curiosas que pasaban por allí de casualidad.

Algo muy similar al art rock despampanante —como ella— de St. Vincent. Mismo horario, misma solanera y, por supuesto, la entrega de una artista —y banda— que no se cansan de ofrecer bolazos como el del sábado: teatralidad, sensualidad, guitarras punzantes y una base nerviosa con reminiscencias del punk neoyorquino de finales de los 70. Para no dejar de chuparse los dedos.

Cumpliendo expectativas y nuevas recetas para saborear

También encontramos gratas sorpresas bajo el potente sol madrileño de julio, con los fresquísimos e insultantemente jóvenes Royel Otis, a caballo entre el indie pop, el synth y algún atisbo de pospunk, pero del todo aceptables ante una muchedumbre que abarrotó el tercer escenario en la jornada inaugural.

Algo parecido al espectáculo de Girl in Red el sábado, con base pop y esencia revival del punk nervioso de finales de los 90, que atrajo a multitud de simpatizantes. Todos sucumbieron al ejercicio de entrega juvenil desbordada encabezado por Marie Ulven Ringheim.

En otro horario, pero en el mismo lugar y ante la mirada y oído atentos de sus fieles, los suecos Refused sacaron a pasear toda la furia de su habitual hardcore, agitando los cuerpos presentes en otro de esos conciertos ocultos entre el mar de nombres del cartel.

Cumplió con el papel otorgado en el segundo escenario el culto hecho baile de Justice. En su horario ideal y ante un descomunal séquito que demostró sus ganas de bailar más allá de la carpa electrónica, ofrecieron electro house elegante y potente, que fue mutando hacia el techno más duro en la parte final. Despidieron con uno de sus himnos, la SESIÓN —sí, con mayúsculas— de esta edición.

Foto: Javier Bragado para Mad Cool

Y el cierre distinguido del festival correspondió a una banda que, por fin, fue capaz de transmitir en directo la energía que emana de su trabajo en estudio. Con cierta dosis de añoranza de unos años dorados en lo musical, saltaron Bloc Party al escenario con un comunicativo y vitalista Kele Okereke al frente. Con un repertorio centrado en un álbum tan notable como el seminal Silent Alarm y las ganas con las que atacaron los cortes, el público coreó y disfrutó los últimos estertores del festival.

Un Mad Cool en busca de una “coachellización” cada vez más cercana

Si algo se puede sacar en claro de la edición 2025 de Mad Cool —y ya era evidente al publicarse su cartel— es la tendencia cada vez más comercial que ha confirmado el festival. A pesar de mantener grandes nombres clásicos alternativos en lo alto de su cartel y despertar la nostalgia de aquella chavalería noventera que ahora son padres y madres, esta deriva parece irrevocable.

Totalmente respetable, por otro lado, que su línea editorial se acerque cada vez más a públicos masivos, adinerados y sustancialmente jóvenes. En esa mezcla, en busca del equilibrio que le permita seguir siendo sostenible económicamente y asegurar la base generacional de su futuro público, también tiene que hacer frente a problemas obvios que resultan inadmisibles.

El apagón del jueves, noticiable y dañino, puede ser algo aislado, pero el silencio posterior —a sabiendas de las dificultades de recuperar actuaciones en el formato festivalero— y el insufrible y limitado sonido de los principales escenarios hacen que la experiencia musical pase a un segundo o tercer plano.

Como botón de muestra, el infame concierto de Kaiser Chiefs, con una escena dantesca: miles de personas tarareaban sus canciones por encima del grupo, a apenas 50 metros del tercer escenario.

De acuerdo, seremos unos románticos del sonido, y es posible que el gentío no busque la pulcritud extrema en este sentido. Pero si la idea es vestirse de Coachella —cosa que se ha conseguido en muchos otros ámbitos—, y si todo esto va de música, también hay que lucir y, sobre todo, sonar como Coachella.

 

 

 

 

 

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