Wilco: El sueño eterno de una noche de verano en Madrid

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Wilco: El sueño eterno de una noche de verano en Madrid

La formación de Chicago brindó un concierto impecable, reafirmándose por enésima vez como una de las bandas de culto más imponentes del presente siglo, en el marco incomparable de un Parque Tierno Galván rozando el lleno absoluto

Una multitud de estudiantes brillantes, sensibles y elegantes

Las últimas ocasiones que vi en directo a Wilco por tierras españolas, tuve la sensación de que se habían convertido, definitivamente, en un grupo de culto, en todas las acepciones del término, entre las que se suele incluir aquella por la que una banda sigue funcionando a las mil maravillas sobre el escenario, cuenta con un repertorio arrollador, pero la respuesta del público a su presencia no es ni de lejos multitudinaria. Siempre hay niveles, y los grupos se van amoldando a sus audiencias, pero el pasado viernes quedó claro, dentro del ciclo Alma Festival en Madrid, que sus fans, sus fieles, su gente, al menos en Madrid, siguen siendo multitud. Y eso no deja de ser bonito.

Quienes allí nos reunimos hubiéramos disfrutado lo mismo siendo la mitad, pero las vistas del auditorio repleto siempre dotan de un calor extraordinario a cualquier concierto. Concierto al que Tweedy y compañía debían tenerle ganas, o eso demostraron, saliendo al escenario con un par de minutos de antelación. ‘Handshake drugs’, ‘Evicted’ o ‘I´m trying to break your heart’ fueron una primera y heterogénea muestra de lo que nos esperaría: un repertorio variado y distribuido entre su amplia discografía, y con un sonido excelso de principio a fin; guitarras, teclados, voces y una colección de medios tempos inigualable.

Cómodos y agradecidos. La ventaja de jugar en casa

Cuesta pensar en algún país donde Wilco no sea recibido con los brazos abiertos, pero se nota que aquí juegan en casa. La timidez y escasa conversación de sus miembros es inversamente proporcional al ambiente acogedor y respetuoso que se encuentran cuando pasan por estas tierras, al menos en formato de concierto exclusivo. Y esto no sólo es bonito, también ayuda, y de qué manera, a las dos partes firmantes del contrato.

Sirve para que, una vez pasado el arreón inicial –siempre medido-, la delicadeza de ‘You are my fece’ fuera acogida con la perplejidad del que todavía estaba asimilando el ‘Pot kettle back’ de su icónico Yankee Hotel Foxtrot (2002), antes de ir creciendo a través de ‘Whole Love’ o el aroma a americana clásica de la seminal ‘Box full of letters’. La sucesión de melodías adictivas seguían atropellando al respetable sin descanso, que seguía admirando la inquebrantable master class de una banda que parece estar en su mejor estado de forma –incluida la física-: precioso y cuidado karaoke de la mano de ‘Hummingbird’, ‘Quiet amplifier’ como aperitivo profético, o el arrebatador teclado de ‘Either way’ sostuvieron la tensión de un repertorio a punto de reventar.

De las guitarras de raíces a la catarsis eléctrica y las capas perpetuas

Si de algo es muy capaz Wilco —además de emocionar con la sutileza y supuesta sencillez de muchas de sus canciones— es de hacerlo por todo lo contrario. La complejidad de sus armonías, la suma de cada una de sus capas sonoras o sus odiseas rítmicas, son, a priori, un lenguaje incomprensible: ya no solo difícil de entender para el público medio, sino mucho menos capaz de conmover a cualquiera. Sin embargo, hace tiempo que lo consiguieron.

Si no, no se esperaría -casi con ansiedad, como si de un ritual se tratara- los acordes iniciáticos y la catarsis final de ‘Impossible Germany’, con una nueva capa de barniz y placer a manos de Nels Cline; la inagotable belleza de ‘Jesus, etc.’, elevada al altar –ya concurrido- del Tierno Galván; o la lisergia, casi onírica, de esa animalada en forma de jam sesión, llamada ‘Spiders’.

Y aunque la generosidad de los de Chicago no tiene límite –lo demostraron las casi dos horas de concierto-, los sueños también llegan a su fin. Los bises emergieron y, con la magnánima dulzura de ‘California Stars’ a la cabeza, comenzamos la retirada. Abrazamos a la camaradería, y con los ojos aun brillantes, empaquetamos en nuestra memoria el tesoro de un concierto eterno.

 

 

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