Iván Ferreiro en el Movistar Arena de Madrid: la imperfección de la emoción
El músico gallego celebró 35 años de carrera con el público madrileño en un recital imperfectamente emotivo
A veces, es bueno renunciar a la obsesión por el control y saltarse el guion. En ocasiones, es mejor asumir los imprevistos y entender que el aspecto humano es lo que más acerca a un artista con su público.
Hoy en día, los espectáculos están tan medidos que queda poco espacio para la sorpresa. Canciones y bases secuenciadas que funcionan como copia de seguridad si algo falla, setlists disponibles en la correspondiente web e incluso listas elaboradas ex ante en las plataformas.
Hasta los bises han dejado de ser bises. Forman parte de un repertorio preestablecido y de un guion que establece el momento de la salida, los minutos de descanso, los reclamos del público y la vuelta del artista con una espontaneidad convenientemente ensayada.
Quizá por eso Iván Ferreiro, en una de las primeras y escasas pausas, advirtió que no haría el paripé: «hoy no habrá bises ni mierdas de esas», dijo, para «no perder el tiempo y poder tocar el repertorio completo».
Y fue una gran decisión en un concierto en el que no sobró ni un solo tema, que no sonó excesivamente bien, en el que no todo salió como estaba previsto y ensayado y que, aun así, los asistentes disfrutamos, sentimos y celebramos.
Un concierto imperfecto, y por eso mismo emocionante
Fue un concierto imperfecto. La saturación acústica de las primeras canciones nunca llegó a resolverse del todo —la batería sonó enlatada hasta el final—, pero a nadie, o a muy poca gente, pareció importarle demasiado ante el torrente de canciones archiconocidas que se nos vino encima.
Algo lógico en una gira que celebra 35 años de carrera entre Los Piratas y su trayectoria en solitario. Casi nada.
El concierto arrancó con «Hoy por ayer», el tema que da nombre a la gira, de corte guitarrero y con un sonido más cercano a sus inicios, aunque construido desde la madurez actual. Una joya.
Pronto llegó «Muertos», el primer guiño a Ultrasónica, el disco más representativo de Los Piratas, ese que contiene buena parte de sus grandes himnos y que, curiosamente, marcó también el principio del final de la banda.
Cuando llegó «M», todavía en la recta inicial, la emoción bidireccional que imbrica a artista y audiencia ya era palmaria.
Una banda, 35 años y canciones que siguen latiendo
Un Ferreiro más emotivo que nunca, abrazado a su banda varias veces, se dejó llevar tanto por el sentimiento que tuvo que empezar “Jugar con los coches” hasta 3 veces por entrar a destiempo.
Y el público se entregó aún más.
Entonces llegó el primer invitado de la fiesta: su «otro hermano», Leiva.
Juntos interpretaron una versión acústica de «Promesas que no valen nada» y una celebradísima versión de «Insurrección», de El Último de la Fila, en el momento más pop de la velada. Antes, en el comienzo de este breve set, habían atacado «Breaking Bad», del propio Leiva.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Apenas terminada la primera estrofa, llegó un breve silencio y un «su puta madre» por parte del músico de la Alameda de Osuna. Había olvidado su propia letra.
Unas risas, más compadreo, un segundo intento perfecto y el antiguo Palacio de los Deportes convertido, por unos minutos, en el salón de tu casa.
Porque los allí presentes percibimos la humanidad de una interpretación orgánica. La esencia de los conciertos está en la honestidad con la que los artistas se acercan a nosotros. Y esa confianza se refuerza con esos pequeños inconvenientes, justo al contrario que esos espectáculos llenos de bailes milimétricamente ensayados y notas pregrabadas.
Xoel López y un «Turnedo» para cerrar el círculo
Como no hay dos sin tres, casi al terminar el concierto llegó una tercera imperfección, apenas perceptible.
Ya sonaban los acordes de «Turnedo» y Ferreiro se disponía a atacar el primer verso cuando el segundo invitado entró saltando y a la carrera.
Era Xoel López, que quizá llegó tarde, pero que, sin duda, se fue pronto, después de dejarse la piel sobre las tablas, la voz en el segundo micrófono y el cuerpo fundido en un abrazo eterno con su paisano.
Nadie se hizo preguntas. Solo disfrutamos el momento.
Un final sin bises, pero con emoción
Ya en solitario, Iván cantó «Mi Coco» y se despidió mientras los cinematográficos títulos de crédito —una genialidad— comenzaban a aparecer, culminando un diseño escenográfico original, moderno y exquisito.
No hubo bises ni reclamo, aunque nosotros hubiéramos preferido quedarnos y aguantarnos porque, en esta relación que tenemos con Ferreiro, el cariño sirve de refugio. Y porque preferimos un directo sincero, honesto e imperfecto a uno perfecto y virtual.
