
Las canciones de Rufus T. Firefly nos acompañan en el Tierno Galván de Madrid
La banda de Aranjuez nos regaló otro soberbio concierto en su paso por el Alma Festival, combinando la ejecución impecable de su sonoridad con la belleza exacerbada de un enclave como el del mítico parque madrileño
Compañía de lujo para surfear las olas
No es lo más agradable comenzar una crónica hablando del intenso calor que reina en la ciudad de Madrid a finales de junio, pero la realidad es que, en muchos casos, hace mella en la propia oferta musical sobre el escenario –bravo por los y las artistas que se suben allí sin rechistar- y bajo el mismo, donde el público trata de sobrevivir y, a duras penas, disfrutar del espectáculo correspondiente.
Una fotografía ejemplarizante de esta situación fue la protagonizada por la coreografía de abanicos moviéndose al unísono en la pista del Tierno Galván, a petición de unas Shego, que se encargaron de surfear la ola de calor madrileña a una hora ya prudente, como las 9 de la noche. Las madrileñas ya sufrieron el calor en este mismo lugar hace apenas dos años -Tomavistas 2023-, pero en la noche del domingo demostraron que poco tienen que ver con las de aquel día.
Con su segundo trabajo, No lo volveré a hacer (2025), han fortalecido su descaro, su discurso y su presencia escénica, agrupando a un importante ejército de fans que se entregan a sus canciones por encima de cualquier situación meteorológica extrema. Su rock sucio, empoderado y capitaneado por la instrumentación de sus tres voces ha calado en toda una generación, que gozó el show desde la inicial ‘Un secreto’ hasta el cierre con ‘Curso avanzado de perra’. Un concierto, por otra parte, que adoleció de pegada y ritmo en ciertos momentos, aunque recuperó el pulso cuando más lo necesitaba a base de guitarrazos y grandes versiones de Los Punsetes o Zahara.
La belleza tiene un nombre. Y varios apellidos
En lo referido a la duración de las actuaciones, quedó patente que no había jerarquías, teloneras ni cabezas de cartel en la oferta dominical del Alma Festival; algo más que previsible, estando de por medio los buenos de Rufus T. Firefly.
Todo lo que rodea al grupo emana sinceridad, autenticidad y nula pretensión de fingimiento. Pero lo que, sobre todo, brota de su propuesta musical es la belleza de su universo sonoro, que además, en la noche del domingo, se fusionó con la estética paisajística del parque madrileño y la simple pero acertada realización visual de las pantallas y de la propia formación sobre el escenario. Y por si fuera poco, la noche cerrada trajo por fin el oxígeno que tanto escaseó en la actuación previa.
Todas las cosas buenas (2025) resonó atronador, medido, hipnótico y envolvente hasta reventar. La nueva capa con la que han vestido a su nueva remesa de canciones, con la delicada pero contundente pátina de elegante electrónica, alcanza en directo una nueva dimensión en cortes como la inicial ‘El coro del amanecer’, ‘Camina a través del fuego’ o ‘Ceci n´est pas una pipe’, donde destaca el poso de la percusión, otra de las nuevas y fantásticas claves recurrentes del sonido de Rufus en sus últimos dos discos.
Como una orquesta perfectamente engrasada, disfrutando sobre las tablas, con Victor y Julia a los mandos, pero con figuras que ganan en importancia como la de Manola a las voces y teclas, la epifanía seguía su majestuoso curso con ‘Trueno azul’ o el regreso a la primera plana -aunque nunca se fueron- de las guitarras gracias a ‘Todas las cosas buenas’.
Especies que desaparecen y un modo ancestral de escucha
Es innegable que la forma de asimilar y difundir la música de Rufus T. Firefly es anti natura para los tiempos que corren, pero igual de innegable es que les ha ido cada vez mejor en los últimos años/discos. No vamos a aventurarnos a ponerlos en un escalón de gigantescos aforos y festivales, ya que la misma banda ha decidido limitar, o mejor dicho, honrar su trabajo y participar allí donde se les valore como creen que se merecen económicamente hablando.
En como se les valora artísticamente hay dudas. El respeto es absoluto -diría que demoledor- entre la crítica e innegociable entre sus seguidoras y seguidores. Es el mito del grupo que es escuchado por la gente que acude a sus conciertos, y que mantiene un silencio ensordecedor y eterno mientras Víctor Cabezuelo entona los últimos versos de una sobrecogedora ‘Canción de paz’.
Tras ella, el clímax controlado, y amplificado por deliciosos sintetizadores, de ‘Drones sobrevolando Castilla-La Mancha’, ‘Lumbre’ donde la danza posee los cuerpos sin remedio, la neo-psicodelia de ‘Sé dónde van los patos cuando se congela el lago’ de su anterior álbum; para terminar visitando, en forma de despedida, la Magnolia (2017) que tanto les ha dado, de la mano de una interpretación mastodóntica de ‘Rio Wolf’ y la atmósfera eterna de ‘Nebulosa Jade’.
Poner palabras al arte de Rufus T. Firefly no es una tarea fácil. Por eso, es mejor medirlas y dejar que sus canciones nos acompañen siempre.
