Oasis en Edimburgo: La última gran banda de Rock ‘n’ Roll

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Oasis en Edimburgo: La última gran banda de Rock ‘n’ Roll

Las próximas líneas se acercan más a una suerte de radiografía experiencial que a la crónica musical de un concierto. Y es que la nueva gira de Oasis se vive con fervor por sus fieles, desde el peregrinaje hasta la propia homilía de los Gallagher

La creación, ruptura y reconciliación de un mito entre siglos

El frenético ascenso a la fama de los de Manchester, con dos discos monumentales en apenas un año –entre el 94 y el 95-, les llevó a la cima mundial musical, donde se mantuvieron con el apoyo de su público, pero desplomándose en cuanto a su obra se refiere –a pesar de contar con algún otro álbum más que digno durante su carrera-.

Cuando dijeron adiós, sus conciertos eran erráticos, no terminaban de llenar arenas y el ciclo de la industria parecía haberles engullido. Hasta aquí, nada nuevo en la historia de rock. Se separaron, y desde ese momento, una eterna cuenta atrás que duró 15 años, hasta el anuncio el pasado verano de su regreso a los escenarios.

El fenómeno, por previsible o sospechoso de acabar sucediendo, explotó desproporcionadamente, volviendo a retorcer las expectativas que cualquiera pudiera imaginar. La lucha encarnizada por conseguir una mísera entrada en el viejo continente –con 19 estadios a la venta- fue solo un aperitivo de lo que se venía en este 2025.

Y en esta historia de tintes bíblicos, como caída del cielo, apenas tres meses antes del 12 de agosto, apareció la posibilidad de asistir a la liturgia liderada por los hermanísimos. Si esto fuera mi primer disco, aquí habría una dedicatoria especial para el primo, y colega, de un gran amigo, y toda su gente.

La devoción en las Islas Británicas a la altura de su cultura musical

Hace tiempo que no acudo a conciertos de estadio, hace mucho que no encuentro entre mis favoritas una banda que ocupe recintos de tal magnitud. Y, por si fuera poco, un estadio en Gran Bretaña, con el consiguiente público británico.

Enterrando los clichés relacionados con el alcoholismo, perpetuados y legitimados por las rock star que copaban el escenario, el respetable –creo que nunca he usado esta palabra con tan poco sentido- tenía claro lo que estaba a punto de presenciar. Así, desde el primer minuto, cualquier tipo de comparación con otros eventos multitudinarios puede resultar odiosa: una masa gigantesca, descontrolada, que no paraba de agitarse, saltar y corear con ritmo británico cada una de las canciones que entonaban Liam y Noel.

Un público, por cierto, notablemente heterogéneo en cuanto a la edad se refiere –aunque mayoritariamente masculino-; no faltaban los coetáneos del grupo, aquellos de décadas cercanas, pero tampoco los jóvenes veinteañeros que han vivido de la esperanza inagotable de un reencuentro hecho, por fin, realidad.

Toda esta cohorte no hace más que reforzar el acierto de una gira como esta, a la par que pone en valor la cultura musical de un país, que, con sus peros, seguramente esté a años luz de otros como el nuestro.

Hedonismo, romanticismo y felicidad, además de un vendaval técnico como la ocasión merece

En tales circunstancias, es difícil poner en valor o criticar los aspectos técnicos de un concierto, como estoy acostumbrado a hacer. Lo poco que pudieron apreciar mis sentidos, sobre todo el auditivo, me dejó suficientemente satisfecho: una potencia sonora endiablada, que hacía temblar cada poro de tu cuerpo y te permitía discernir algunos detalles sonoros a pesar de las 60.000 gargantas rivales, que se defendían todavía con mayor vehemencia sobre la pista –me confirmaron que desde la grada la acústica era más que notable-.

Así, la abrumadora voz de Liam se alzaba por encima de la multitud, mientras que la dulzura de Noel quedaba soterrada por momentos -¿y qué más da?-, junto a una banda más que rodada eran inmortalizados a cada instante por unas pantallas gigantes –quizás las más gigantes que he visto nunca-, que arrojaban además unas preciosas proyecciones de estilo pop art, integradas con la realización del directo, alcanzando en muchísimas ocasiones una belleza visual sublime.

Una combinación sobrecogedora que mantenía extasiados tu cuerpo y mente: himnos eternos, disfrutar el momento, recordar tu pasado, reír, llorar, estremecerte. Ser muy feliz.

El legado musical y cultural de Oasis

Y todo lo anterior, mientras atronaban, uno tras otro, temas que forman parte de la memoria colectiva mundial, seguramente las más populares desde los Beatles o los Stones, con una calidad por nadie discutida, y donde abundaban las pertenecientes a sus dos primeros discos.

Del inicio desatado de ‘Hello’ o ‘Morning glory’, entrelazadas con las melodías inigualables de ‘Acquiesce’ o ‘Some might say’, pasando por la hermandad de ‘Cigarettes & Alcohol’, la inmediatez de ‘Supersonic’ y ‘Roll with it’, o el primer tramo en solitario de Noel con la emotividad desbocada de ‘Talk tonight’, la hermosura de ‘Half the world away’, y la memorable ‘Little by little’, para volver a incendiar el Murryfield Stadium.

Y es que el legado de Oasis no son solo las canciones, tan frescas como hace 30 años. Son sus mensajes, su chulería, sus improperios –esto sí ha envejecido peor-, la pose inmortal de Liam sobre el escenario, o incluso una manera de vestir que solo ellos pueden mantener durante las últimas décadas, explotando la gallina de los huevos de oro junto a una de las marcas deportivas líderes a nivel mundial. Todo a su alrededor es algo místico. Puede que sea fingido, pero terminas por creértelo.

El coro sempiterno de ‘Stand by me’ o la interpretación colosal de ‘Slide away’ sirvieron como preámbulo para una apoteosis final apabullante: el preciosismo desmedido de ‘Whatever’ –con la inclusión de vientos-, la victoria al destino de ‘Live forever’ y la efervescencia imbatible de ‘Rock ‘n’ Roll Star’ daban casi por zanjada la ceremonia. Pero aún quedaba el doblete insuperable de Noel, con el corazón en un puño gracias a ‘The Masterplan’ y ‘Don´t look back in anger’ –mesiánica es poco decir-, el clásico siempre emotivo que es ‘Wonderwall’, y el cierre con su pieza magna.

Una ‘Champagne Supernova’ donde quedar atrapado mientras intentabas asimilar los 120 minutos de gloria vividos y el final de una epopeya que no volverá a repetirse jamás.

 

 

 

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